24.4.11

Mi Primavera

Voy a escaparme hasta
la constelación más cercana,
la suerte es mi oxígeno,
tus ojos son mi ventana.

Los fotógrafos, mejor que nadie, han captado el drama de la inmigración que se ha exacerbado no sólo aquí, en la esquina noroccidental mexicana, sino


Durante los últimos dos años, la fotógrafa mexicana ha ido tomándole el pulso al hormiguero social desesperado, de noche, a mediodía, en la madrugada, al amanecer, a la hora del lobo de este fin de siglo cuando se presiente una amenaza o se descubren signos de un peligro inminente. La suya es la fotografía de los intersticios: la frontera agrietada por la que se cuela la esperanza y se deshace en la polvareda distante de la border patrol.

Sin embargo, la mirada de Elsa Medina no es la única que se tiene sobre la frontera nómada ni los indocumentados son los únicos seres que se afanan por sobrevivir en el corral de la frontera sedentaria.
Como voluntad y representación, la frontera está en todos los diccionarios de lugares comunes: la frontera de cristal, la frontera como herida, cicatriz, perímetro disuasivo, el corte, el machetazo histórico, el intersticio de la roca que llora, el muro, el confín, la tierra de nadie, la colisión, la colindancia, el telón, la valla, la sangre contigua, la literatura del umbral, la hora del lobo en el instante del amanecer cuando se cruza, el tránsito a la clandestinidad, la frontera del lenguaje, la esperanza, el fracaso, la raya pintada, la frontera invisible, la frontera de las serpientes, el túnel de éter en el que se convierte el viaje hacia la nada, la demencia fronteriza que se desencadena entre la madrugada y el alba, entre la realidad y el deseo, entre el hambre y la ingurgitación, entre la salud y la enfermedad, entre el asesino y la víctima, entre la juventud y la madurez (la línea de sombra), entre la vida y la muerte, el país frontera, entre algo y nada, entre la pena y la nada, la frontera roja.
Se ha desvanecido la noción misma de frontera o se ha transformado por las dislocaciones bélicas y políticas de Europa del Este. Los historiadores replantean su nueva conceptualización. No jurídica, puesto que sin fronteras no hay Estado. Pero sí cultural: la fusión de las lenguas, la mezcla de razas, la invasión de un habla por otra, la disolvencia -en sentido del montaje cinematográfico- de las mentalidades.
Mientras los sociólogos se esmeran en la especulación de un país frontera -de todo un tronco nacional como frontera, entre el mundo desarrollado y el estancado, entre el inglés y el español, entre la producción y el consumo de bienes, servicios y estupefacientes, entre la exportación y la importación, entre la banca incontrolada y la desnacionalización del dinero-, los novelistas de la literatura del umbral o de los intersticios trafican con la inagotable vena de la frontera roja: los asesinatos en serie o “satánicos” que deglute la estética de matriz hollywoodense en la orgía sin fin de una violencia tan divertida como lucrativa. Se asimila el sentido psiquiátrico de los “estados fronterizos” -una instancia preesquizofrénica- a la experiencia cotidiana de la vida en la frontera, es decir: a la locura y la degradación de la convivencia civil.

17.4.11


Yo no tengo filosofía, tengo sentidos
Si hablo de la naturaleza, no es porque sepa lo que es
sino porque la amo, y la amo por eso
Porque quien ama nunca sabe lo que ama
Ni sabe por qué ama, ni lo que es amar...

Paulina Lavista: acercarse al alma de los seres

historias visuales que van desde la cotidianeidad urbana,
hasta a intimidad de un retrato.

Borges.Paz.Lavista.jpg (320×308)



captar esos gestos que reflejan la personalidad de cada individuo;
retratos que sugieren haber sido tomados como si la cámara no existiera

y fueran momentos de intimidad del personaje.



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Cuando el azar irrumpe las imágenes se vuelven invencibles.

Algunas fotos le duelen. Algunas personas que conoce –y luego retrata- le duelen. Por eso, en ocasiones, cuando Maya Goded queda frente a una de sus imágenes, siente una profunda tristeza.

- Ver mis fotos, para mí, puede llegar a ser una tortura. Y tener que enseñarlas públicamente, en un congreso por ejemplo, ha llegado a ser horrible. Me he deprimido. En esas fotos también está tu vida. En esas fotos también estás tú.


Maya toma fotos desde que supo que el lenguaje de la imagen era más posible para ella que el de las palabras. Desde entonces, ha hecho infinitos trabajos que pueden resumirse en un único relato: el de ella misma. El de Maya desdoblada y reflejada en las cientos de mujeres –porque sus historias son, principalmente, historias de mujeres- que se dejan capturar por un ojo lastimado y redentor.


Maya fotografió prostitutas, clientes, el barrio. Y lo hizo a través de un prisma que revestía las imágenes de iguales dosis de crudeza, respeto y dulzura. En muchas oportunidades, su primer acercamiento se hizo mediante un recurso valiente: Maya les pagaba a las mujeres para meterse en un hotel de paso. Ese dinero, lejos de poner distancia, operaba de un modo opuesto: la transacción ubicaba a Maya ya no en protagonista, pero sí en parte de la historia.

- Cuando hago mis fotos, siempre que se pueda me gusta pasar mucho tiempo platicando y conviviendo. Así tienes más idea de qué fotografiar, te quitas tus prejuicios y puedes salirte del cliché de la prostituta parada en la calle.